martes, 13 de septiembre de 2011

La Abuela

La profunda mirada de la catarata. Así observan los ojos de Antonia, suspendidos en un horizonte irreal, viendo sin ser vistos, temibles si no fuera porque están empotrados en un rostro pícaro, pero bondadoso. Con su eterna bata, casi transparente de tanto lavado, azul a mil rayas, fresca y cómoda, olor perenne a colonia barata, en la butaca que ya nadie usa por cierto asco no confesado, Antonia mira una televisión que no ve y que solo oye, y que emite programas que le importan un pimiento, aunque le llenan la soledad de la sala. Siempre sola. Estuvo sola a sus dieciocho años para criar a su hija, y hoy se siente sola aunque le rodeen nietos, biznietos y mujeres de las que nunca recuerda sus nombres, porque en su familia, tras su hija, sólo hubo varones. Antonia está sola con su secreto.

Hoy hay mucho jaleo en la sala. Han venido sus nietos, sus biznietos, que le tiran de la bata reclamándole el aguinaldo; las mujeres de sus nietos, que le besan con apenas escondida repulsión. Y siempre su hija y su yerno, con un ojo puesto en ella y en las conversaciones, cariñosos y atentos, sin poder esconder ese gesto de fastidio cuando la Abuela interviene, siempre para pedir algo, para quejarse del frío pese al bochorno de la sala, para molestar. Antonia lo sabe, y mira al suelo como si lo atravesara con su catarata.

A pesar del bullicio, Antonia tiene hoy un día muy callado, muy borroso como su catarata. No tiene la cabeza en su sitio, ni la memoria, ni el aguante. No soporta las bromas ni los apretujones cariñosos de sus biznietos, le ha gritado antes a su hija y apenas comió fruta antes de volver a su butaca y dejar que su familia comiese a sus anchas, sin tener que soportar su presencia arrugada, ni su aroma a vieja, ni su tembleque al coger el vaso que los mantiene a todos en vilo, ni su tristeza perenne.

Antonia siempre ha estado triste, y así la recuerda su hija. Lo comenta a sus hijos mientras comen. Pero hoy, Antonia, no lo digiere igual. Algo rumia en su cabeza que quiere salir, algo farfulla y, a mitad de frase, calla. Algo le inquieta, como un sapo metido en sus entrañas, que quiere croar con fuerza y escandalizarlos a todos. Y la Abuela está reteniendo a duras penas ese sapo, lo aguanta como puede, viscoso que es, maloliente y repugnante, se lo queda en la barriga, un día más, lo digiere con mal disimulado vómito, y continúa con la mirada perdida mientras las bromas siguen en la mesa.

Uno de sus nietos, el más bromista, está empeñado hoy en que el sapo aparezca por la boca de la Abuela. Le pincha con sus preguntas, le reprocha que nunca les contó nada del abuelo desconocido, ni de cómo se vino a vivir tan lejos desde su tierra, ni de su familia... El sapo lo tiene en la garganta, luchando por salir a la luz, pero Antonia lo retiene a duras penas, lo engulle y lo mastica, otra vez, otro día más, mientras su nieto persiste tenaz como tantas otras veces hasta que, aburrido, la deja tranquila y vuelve a la mesa, con sus chanzas a la Abuela. Su hija, que dejó de preguntarle hace décadas, la mira ensimismada y contrariada, mientras su marido le acaricia el pelo porque intuye su inquietud y sabe que no puede hacer otra cosa que eso, mesarle con lentitud los cabellos.

Cae la tarde y la Abuela se queda sola en la sala, con su secreto, con el run run de la televisión, con el sapo en su estómago aún croando. Está algo iracunda: su hija y su yerno han vuelto a dejarla en el piso, han bajado a la calle. La rabia le sube a las sienes mientras el sapo croa y croa en la oscuridad de la tarde. Ni se levanta para encender la luz, pero tiene sed y no le han dejado un vaso de agua cerca. Como puede, a tientas, va hasta la cocina, el vaso se le escapa de las manos y le hace hace un corte al caer en el fregadero. Se anuda un trapo como puede y regresa a su butaca, con el sapo saltando y saltando.

La puerta de la calle suena dos horas después. Su hija se le acerca a tientas mientras enciende la luz. Mira su cara para ver si está dormida, ve los ojos mirando al infinito y siente como un extraño olor a verdina o a charca:
- “Sientate corazón. Solo quería decirte que no eres mi hija”.