viernes, 11 de marzo de 2016

Garabatos



Horror vacui. No. Nada que ver con el `horrorterror` a la página en blanco. Error. Ahora se dice horror a la pantalla en blanco. ¿Por qué tantas palabras con doble erre? Así es normal que no salga nada. Doble error, doble erre. Si acabo el párrafo con otra palabra con doble erre tiro la cuartilla a la papelera. Error, ahora se dice apago el portátil. Otras dos palabras con doble erre: párrafo, doble erre, error… Ahora quiero que se me ocurra otra con doble erre y no aparece. Otras dos más.

No voy a apagar el portátil. No voy a conseguir nada escribiendo Garabatos de título, por poner algo mientras voy escribiendo el “cuento del siglo”, del menos VIII, tampoco se dice así, se dice antes de Cristo, antes de ¿qué Cristo? Un Cristo puedo liar si sigo así, sin ideas. Es una expresión barriobajera lo de Cristo, doble erre otra vez. Está pasada de moda, expresión propia de “niñato”. Otra palabra viejuna, un término este muy de la calle,  la dicen los cómicos de moda, pero mi hijo no, así que viejuna es una palabra viejuna. Por lo menos no tiene doble erre. Barroco si la tiene, lo mismo que Horror Vacui, “característica del Barroco” decía mi profesor de Arte mientras le tocaba la pierna al desgraciado que sentaba a su lado con el libro abierto. No me gusta el Barroco, no me gusta el horror vacui, no me gusta la doble erre, no me gustaba el profesor de Arte, y sigo llenando el blanco de la pantalla por miedo al vacío.

Garabatos. Título provisional. Ya no escribo a mano, y le pongo al borrador garabatos, muy inspirador. Seguro que tiene veinte mil acepciones más, todas muy, muy curiosas, excepcionales, sorprendentes, eruditas, de esas que usan los petimetres en las copas de sábado por la noche en locales con sillones de mimbre de diseño. Diseño, mimbre, bar de copas. Se unen y procrean un bonito petimetre `peroratando´ sobre las distintas acepciones que tiene la palabra Garabato.

1.Instrumento de hierro cuya punta forma un semicírculo. Sirve para tener colgado algo, o para asirlo o agarrarlo. Sorprendente, evocadora (curiosa, erudita, pero no es excepcional, y no es apropiada para perorar en un bar de copas sentado en un sillón de mimbre de diseño). Imaginemos el palo oxidado, con la punta circular hacia abajo clavada en un cuello femenino. La amante que nunca pudo poseer del todo, la mujer distante que desata las pasiones abyectas. La sutil imbecilidad del corrector ortográfico del ordenador me señala abyectas en rojo. ¿Cuántas veces repetía Dostoyevski en sus novelas abyecto, abyecta? ¿O eran sus traductores? El portátil me está diciendo que soy un apestado, que uso un vocabulario inusual, de petimetre de bar de copas de diseño con sillones de mimbre, de diseño. No pienso dejar de escribir. Un asesino atormentado, enamorado, consumido por una pasión enfermiza, y abyecta, es doblemente asesinado esta noche por la falta de paciencia de un escritor sin ideas y del corredor ortográfico del sistema operativo Windows nosequé.

Sábato no se rindió tan fácil cuando escribió El Túnel. La escritura como un ejercicio de paciencia. El novelista no es un narrador, en un hombre con el coraje suficiente de aguantar meses, años, su obsesión por una historia que le devora por dentro. Vaciarse en centenares de páginas. Acabar hundido en la nada del vómito creativo. Hasta que haya nuevamente que vomitar, y parir.

¿Yo Vomito? Sí, claro. Vulgaridades. Apatía del cincuentón. Calentones del viejo verde. ¿Será por vomitar? Decepciones del fracasado ordinario, demasiado corriente para una novela. Lugares comunes, qué expresión, aterradora, con doble erre. Me devuelve a mi habitual tono gris, a mi lento deambular de nube panzona abandonada. Poética frase. Realmente ya nunca vomito. Los jóvenes, los niños, vomitan sin parar. Se renuevan.

“Agarró un garabato y la mató”. Qué buen arranque. Qué crimen, aunque nadie lo entienda. Se imaginarán una metáfora grandiosa, una figura literaria de envergadura, una imagen surrealista que será comentada en bien pagadas conferencias ante jóvenes muchachas sentadas en primera fila que escuchan embobadas cómo les descubro el enigmático comienzo. O quizás no. A lo mejor mantengo el misterio: la grandeza literaria de las múltiples interpretaciones textuales. Literatura con mayúsculas, y sin dobles erre.


2. Amocrafe. Instrumento que sirve para escardar y limpiar la tierra de malas hierbas, y para trasplantar plantas pequeñas. Google imágenes, buscar “amocrafe”. Ese maldito objeto, tantas veces visto en las estanterías de Leroy Merlín, icono de los hortelanos y jardineros de fin de semana. El clásico utensilio con el que un bróker o un abogado de Manhattan asesinaría a su amante chantajista. Un guión de Hollywood protagonizado por el galán de moda, enlatado para consumo masivo de familias luteranas y judías escandalizadas por la sangre individual de uno de sus iguales, impermeables a la muerte de cientos de miles de negros, amarillos, marrones o violetas, qué más da, atrapados en un ciclón, una guerra de machetes o una pelea de multinacionales que financian guerrillas rivales con niños soldados que saben segar una vida con solo diez años, luego los cascos azules, la indignación mundial por la foto infantil, y la superpotencia salvadora que rescata la Libertad con excavadoras y maquinaria pesada para que esos mismos niños se empleen en minas en las que pueden morir a la misma edad, pero sin disparar a blancos de bata blanca de Médicos Sin Fronteras. Conmovedor párrafo. Ilegible.

3. m. Soguilla pequeña con una estaca corta en cada extremo, para asir con ella el manojo o hacecillo de lino crudo y tenerlo firme a los golpes de mazo con que le quitan la gárgola o simiente. Demasiado rural.

4. m. Rasgo irregular hecho con la pluma, el lápiz, etc.  Demasiado evidente.

5. m. Arado en que el timón se sustituye por dos piezas de madera unidas a la cama, que permiten que haga el tiro una sola caballería. Demasiado equino.

6. m. Garfios de hierro que sujetos al extremo de una cuerda sirven para sacar objetos caídos en un pozo. No.

7. m. Palo de madera dura que forma gancho en un extremo. Duro.

8. m. Palabrota. ¿Cuándo ha empezado el test de Rorschach?.

9. m. Arg. Cada uno de los diversos arbustos ramosos de la familia de las Leguminosas, característicos por sus espinas en forma de garfio. ¿Arbusto asesino?

10. m. coloq. Cuba. Persona jorobada, contrahecha. ”El jorobado de Varadero”.

11. m. coloq. p. us. Aire, garbo y gentileza que tienen algunas mujeres, y les sirve de atractivo aunque no sean hermosas. El garabato asesinó a la mujer con garabato.

12. m. desus. bozal ( para perros). Para cuentistas, diríase.

13. m. pl. Escritura mal trazada. Escribo con un portátil.

14. m. pl. Acciones descompasadas con dedos y manos. Escuchar A night  in Tunisia y acabar con esta pesadilla.



Intentaba atrapar la luz con sus manos. Dibujaba garabatos en el aire con gestos desacompasados, absurdos, para capturar el haz blanco y luminoso que se colaba por la rendija del ventanuco. La cadena al cuello le impedía agarrar aquel palo luminoso,  jugar en la oscuridad con su compañero de tantas mañanas. Despertaba, lo perseguía por la habitación y, cuando se iba, sabía que era la hora del rancho nocturno. Cuando le despertaba cada mañana, iluminándole el ojo, lo recibía con una sonrisa y una caída de baba, la primera de la mañana, y le daba los buenos días con uno de sus gruñidos ininteligibles.  Era feliz con su amigo, el palo de diamante, de oro, morado, gris, marrón… Era mágico: cambiada de color según amaneciese el día, o a lo largo de todo el día. Su palo mágico. Era muy afortunado, pero no podía agarrarlo por aquella maldita cadena al cuello. Su amigo era el único que no le abandonaba.

Ella no siempre estaba ahí. Cada tres o cuatro tardes, aparecía. No era guapa. Tenía un aire garabato que gustaba mucho. Él no era consciente de ese atractivo, pero cada vez que ella sonreía experimentaba un embobamiento pasajero, que se le pasaba en cuanto la cadena le pegaba un fuerte tirón que le ahogaba. Había días mucho mejores aún. Llegaba con una esponja mojada, le acariciaba el cuerpo, y le hacía prometer que no se movería si quería que continuase. Desde que intentó agarrarla para que no se escapase y recibió un golpe en la cabeza del hombre garabato, nadie tuvo que explicarle mucho más. Agarrarla, golpe. Mirarla, caricia. Brillaba como su amigo el palo, pero no era igual. Algo le decía que esa sonrisa, esas caricias, iban unidas a temblores no confesados, a muecas de asco. Por eso quería agarrarla, estrujarla, como al palo, para que no se escapase y fuese su amiga.

Mientras, el jorobado lo observaba desde el rincón, con su palo duro. Le echaba la comida como a una gallina, cada vez más lejos, para reírse de los tirones de la cadena. No sentía ganas de estrujarlo entre sus manos como si fuese su amigo, de apretarlo y saber de qué estaba hecho. Pero si la cadena cediese algún día, no sabía qué haría. Aquel palo duro le hacía mucho daño, no era su amigo. El palo iba unido al garabato, como un bloque sólido. Nunca había visto a uno sin el otro. Había que desmenuzarlo entero, si no seguiría haciendo daño. Y no le dejaba acercarse a ella, para poder agarrarla, ver de qué estaba hecha, y conseguir que se quedase para siempre, como su amigo el palo de luz.

También estaban las hormigas blancas. No eran sus amigas, no siempre venían a verle. Quizás fuesen amigas del palo, porque los días que más brillaba era cuando se las veía suspendidas en el aire. Los días en que su amigo el palo estaba más triste y apagado, nunca acudían. No le hacían daño y podía agarrarlas, sacudirlas, hasta bailar con ellas. Eran amigas del palo, pero no se enfadaba si las tocaba.

Ella vino aquel día con su garabato subido. Sonrisa abierta, caricias, sin temblores. No se dio cuenta de que venía sola. La dejó hacer regándola de baba mientras, la esponja cosquilleaba. No olía a miedo o asco, ni un amagode  temblor. Se movió para pasarle la esponja por la espalda y entonces le cruzó media cara el haz luminoso, imprimiéndole una belleza extraña: su cara dividida en tres partes que caían oblicuas, la central subrayada por la luz que destacaba un trozo de su sonrisa y uno de sus ojos, punteado ahora de un verde brillante. Se olvidó por completo del otro palo, el duro, el que iba unido al jorobado, y la agarró para no dejarla escapar, para ver de qué estaba hecha. No hubo respuesta, no hubo golpe, y siguió desmenuzándola, estrujándola, para que se quedara siempre, para ver de qué estaba hecha aquella sonrisa. En unos segundos todo había acabado. Para él no había hecho más que empezar. La desgranó poco a poco con sus manos rotundas, que convertían en mantequilla lo que antes había sido un caparazón suave y hermoso. No le gustaba lo que encontraba. No entendía por qué se había ido su amiga, si todavía estaba allí, entre sus manos.

No vio venir el golpe. Solo lo sintió. A ese primero siguieron muchos, sin descanso. Venían envueltos en gritos, y apenas divisaba al jorobado. Se limitó a encogerse y protegerse la cara y la cabeza. El garabato intentó apartarle los brazos, pero aquel amasijo de pelos y babas se resistía. El jorobado, desesperado, tiró el palo, hincó las uñas en sus brazos y le rasgó la piel. Siguió con puñetazos de paja, más nerviosos que acerados, enloquecido por la visión del cuerpo descuartizado. Ciego por la ira, no vio la cadena rodeando su cuello. La falta de oxígeno no le dejaba pensar. Lo último que llegó a su cabeza fue un berrido intermitente, bronco, salido de la misma tierra, un canto animal de victoria, venganza y sangre, y casi respiró aliviado al ir perdiendo la conciencia, todo con tal de que se apagase ese sonido que horadaba su cerebro.


Pellizca otro trozo de carne, casi el último del primer muñón. El amasijo de lo que fue ella aún está intacto. Seguirá con el cuando acabe con el otro, más entero y compacto. No comprendía nada. El jorobado olía a barro, excrementos y halitosis; ella olía a jabón y a calor de cocina. Cuando estranguló al jorobado , seguía oliendo prácticamente igual, y ahora emanaba mucho menos hedor que los trozos de ella. Se la comería igualmente. A lo mejor, una vez en su estómago, volvería a escuchar su voz, sus caricias. Comerse al jorobado solo le había producido dolor de tripa. Su amigo el palo está de color morado, se va despidiendo poco a poco. Mañana volverá a estrujarlo con fuerza y le calentará la cara, le dará caricias de sol. Puede que hasta pueda saciar su apetito con esa luz que huele a hierba requemada, a tierra mojada, a frío metálico. Muchos más olores de los que es capaz de recordar. Se lo pedirá a su amigo el palo, y seguro que se lo dará porque no le niega nada, porque siempre está ahí, y no se destroza cuando lo abraza, ni le pega, ni huele mal, ni le reprende, ni se marcha del todo. 

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miércoles, 12 de marzo de 2014

El náufrago



Recordaba con cierta vaguedad aquel poema infantil de alguien que creía que la Luna era un queso. En su cabeza distinguía a un hombre de barba picuda mirar con fruición aquel redondel perfecto en el agua. Y en el gesto de aquel hombre se mezclaba algo de sorna que el ilustrador no quiso transmitir, y también había cierta hambruna golosa.
Él jamás se comería a su amada, a pesar de que estaba más que harto de la leche de coco.
La descubrió una noche de insomnio. Dormía de día y de noche, cuando le apetecía. Con nadie debía cumplir. Nada urgente debía hacer. Solo vagar y comer lo que pudiera en aquel limitado islote. Así que decidió romper con cualquier regla que trajese del mundo antes de su naufragio, y dormía a ratos, sin saber por cuánto tiempo. Llegó a confundir luz y  penumbra. Deambulaba ocioso por la playa, y la vio resplandeciente y tímida, enseñoreando la línea del horizonte. Se golpeó la cabeza por no haber caído en ella en tantas noches de hastío. Y comenzó el cortejo.
Ahora dormía de día, en un vivac de palmas que le oscurecía la eterna claridad, y reservaba las noches para ella. Le lanzó piropos, se metió en el agua y abrazó su cola, y ella se hinchaba cada noche más, frenética de halagos. Estaba ciertamente engordando, pero eso le hacía cada vez más bella, más oronda y rotunda. Aquella noche la vio tan bella y redonda, tan rubia y rolliza, que no resistió más las reglas del cortejo y le confesó su profundo amor sin resistirse.
Lleno de lujuria, se lanzó al agua y nadó y nadó persiguiéndola toda la noche, hasta que, agotado, se agarró a un bulto flotante que encontró muy a tiempo. La siguiente noche repitió su persecución sin éxito, pero ella seguía esquiva y ya no tan bella. A ratos la veía más flaca, menos lustrosa, pero seguía siendo muy atractiva. Noche tras noche, le alimentaba solo continuar detrás de ella, pese a su delgadez más extrema. Hasta que se convirtió apenas en un hilo de plata. Pensó entonces que su amor le había llenado de tristeza, y jugó a hacerse el huidizo, pero ella seguía cada vez más flaca.








Aquella fatídica noche no la encontró. Esperó y oteó el cielo miles de veces. Había huido. Agotado, se entregó al cansancio, y recordando la primera noche que la descubrió, comenzó a llorar sin freno hasta que ni una sola gota le quedó en su cuerpo.
La siguiente noche, la Luna volvió a aparecer, satisfecha de haberse cobrado a un nuevo amante, e iluminó el reguero diamantino de lágrimas que dejó el náufrago, como si de un trofeo de caza se tratase.

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miércoles, 14 de agosto de 2013

La hija


Magdalena repasa mentalmente su día de ayer, sentada en el banco en el que se ha derrumbado, cargada con sus bolsas de las tiendas de ropa.

Está sola en aquella plaza. No ha caído en la cuenta. Ella nunca se sentaría en un banco, al alcance de cualquier mirada melancólica que interrogase a su soledad. O presa fácil de un hombre que la incomodase con su sonrisa falsa, ojos que desabotonan su escote y palabrería estúpida.

Es que Magdalena hoy no puede más. Se ha levantado muy temprano, para dejar la casa transparente, aun más de lo que la dejó ayer. Ha untado de margarina sus secas tostadas de fibra que tanto le repelen. Ha tomado su te rojo con apenas leche semidesnatada, para que la lactosa no le intoxique. Ha pasado hora y media en el baño, donde ha dibujado en su rostro el boceto de una Gioconda contemporánea. Ha iluminado el rostro de su vecino soltero y divorciado de 65 años, cuya lengua se ha trastabillado cuando intentaba soplarle un saludo. Ha visitado todas las tiendas que le quedaron por recorrer la pasada semana y ha dejado buena cuenta de sus ahorrillos de los tres últimos meses.

Y agotada, se dejó caer en el banco, pero no está cansada. Su cabeza sí lo está, después de repasar hora tras hora de ayer para encontrar un sentido a lo que hace; repasar la de hoy y lo que le queda hasta la noche; y aún, repasar la de mañana, la de pasado mañana, la de dentro de tres días.




Magdalena nació con un sueño en forma de Príncipe Azul. Y todos los príncipes que imaginaba se parecían a su padre, pero los que se encontraba se parecían a su vecino. En su calle siempre concentró todas las miradas de los habituales del bar, y hasta los chicos dejaban la pelota un segundo para mirarla pasar. Su hermana, a su lado, desarreglada, observaba siempre divertida la escena, sintiéndose como un mono de reina. Aquellos años fueron igual de vacíos que los de ahora, pero Magdalena nunca lo sintió así. Tampoco se ponía a pensar en el ayer, el hoy y el mañana cuando arreglaba a su padre como un muñeco, a su antojo. Le anudaba aquel pañuelo tan elegante, le peinaba uno a uno sus pelos de plata y le plisaba uno de los veinte batines que compró para mudarle cada día, mientras él le sonreía con aquella cara ida y adusta.

Casi le molestaba que su hermana apareciese con sus sobrinos a romper aquella escena de escaparate de anticuario. Su cuñado, siempre huraño e ignorante de todo, diríase que asexuado porque nunca le descubrió una mirada perdida a su escote. Sus sobrinos sí eran otra cosa, mimosos, pedigüeños y suplicantes, la regalaban de besos, aunque en el fondo tan mal criados y parecidos a sus padres. Resultó un alivio que echasen a su cuñado del trabajo y tuvieran que trasladarse a aquella ciudad costera a la que tanto le invitaron, y que declinaba visitar siempre con la excusa de su padre. Su hermana no ocultó un gesto de culpa cuando se despidieron, su disculpa sonó a engaño. Aún así, intermitentemente, la invitaba y se ofrecía a pagar los cuidados del padre, incluso hasta insinuó trasladarse un tiempo para que Magdalena se airease y fuera a dónde quisiera.

Sentada en el banco, piensa, y lo sabe, que no va a llamarles, porque sus sobrinos le son ya ajenos, adolescentes egoístas, ensimismados y habitantes de otro mundo que no es el suyo. El día del entierro de su padre los quiso abrazar y notó el gesto indiferente, sus miradas idas. Tampoco le apetece rememorar la cara de culpa de su hermana.

Sentada en el banco, piensa, y lo sabe, Magdalena, que está sola. Que no tiene nada que hacer hoy, ni mañana, ni pasado, ni la próxima semana, ni en los próximos años. Se levanta entonces como un resorte y se dirige decidida a la salida de la plaza, dejando las bolsas atrás. No la interrumpen los semáforos, ni algún pitido perdido. Camina enfermiza, nerviosa, y atraviesa el arco de piedra. Los cedros a los lados de la avenida le marcan la cara de sol y sombra, pero ella ni siquiera percibe el intermitente fogonazo en sus ojos del contraste. Frente a la lápida, por fin para, ni siquiera jadea por el paso enérgico del último cuatro de hora. Reflexiona unos segundos mirando a su alrededor y encuentra una gran piedra con la que empieza repetidamente a golpear el mármol hasta astillarlo. Pronto el nombre de su padre queda hecho trizas y se hace la primera hendidura. Ya puede colarse dentro. Ya puede descansar, por fin, junto a su padre. Ya no tiene de qué preocuparse. Ya no hay un mañana.


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lunes, 31 de octubre de 2011

Dulce Muerte


Este  es un cuento que huele a orines, a sudor rancio, a vaho de vómito, a muerte. Es una historia de un hombre que está muriendo solo, abandonado y sucio. Que es consciente de su vejez, de su podredumbre, y no pretende alargar su aliento más de lo necesario, aunque su cuerpo se niega a liberarle y le ata a un mundo que no cuenta con él.

Mira por la ventana y observa en su patio de vecinos grupos de pequeños fantasmas, cómicos, que corretean nerviosos de un lado a otro. Padres que a duras penas los siguen, sonrientes y dichosos. Han llamado a su puerta tres veces esta noche, y las tres no pudo llegar a tiempo. No tiene caramelos, pero le hubiese gustado ver las sonrisas ocultas de esos monstruos enanos. Se imagina que uno de ellos le llevase de la mano a descansar, a abandonar este cuerpo maloliente y descompuesto.

 El timbre le despierta de su sueño. Esta vez, los chantajistas que esperan tras la puerta son pacientes e insistentes. Decide levantarse a abrir y agarra un terrón de azúcar, la única golosina que tiene en casa. Tras la puerta, una primera decepción y una posterior sorpresa: una tostada mulata, esbelta y curvilínea, le mira divertida.
 
- Déjame pasar viejo, que tengo prisa. Esta noche tengo mucha competencia y no voy tan rápido como quisiera.
- ¿Quién eres, negra? – le interroga el viejo, sin poder impedir que se haya colado ya en su salón.
- ¿A quién esperas tu, cielo? Pues esa soy, cariño, me has llamado tantas veces y ahora te sorprendes de verme.
- No te esperaba así, tan… tan deseable  –el viejo sonríe ahora burlón.
-  ¿Pues como me esperabas, corazón? ¿Con una guadaña toda de negro? No estoy para bobadas. Lávate un poco y tiéndete en la cama, que ya voy.

El viejo obedece solícito. Se asea minuciosamente, se perfuma, y se viste con el único traje digno que conserva. No sabe cómo ponerse en la cama. Se estira sin más, con los brazos en paralelo y cierra los ojos. La mulata rompe en una sonora carcajada:
 - Cariño, se trata de desnudarse, no de vestirse de fiesta.

Pero continúa con su labor y se abalanza sobre el viejo, colocando sus caderas encima de su bragueta y frotando sus nalgas con estudiados movimientos. Al poco tiempo, desliza su mano por debajo y sigue meciéndose lenta y cadenciosamente, como en un arrullo, mientras el viejo cierra los ojos en un profundo sueño. Jamás me imaginé que fuera así, piensa, si lo llego a saber , la hubiese llamado antes. Hasta que el ritmo de las caderas se vuelve frenético, y él ya no puede ni pensar, se abandona al paroxismo y se va en un suave suspiro.

La negra se levanta de la cama y se asea rápida en el baño. Se viste con metódica eficacia. Tras la puerta, le espera aquella figura enlutada, equipada con una gran guadaña. Le alarga varios billetes.
-  Amor, ¿no estás un poco mayorcito para jugar a eso de truco o trato? Bueno, a mi me da igual. Adiós, ahí te deje a tu viejito. Llámame cuando quieras mientras pagues así.

Y la negra figura se aleja por el callejón, convertida en una sombra que apenas se percibe a los pocos metros.  Mientras, un anciano, vestido de domingo, yace en la cama con una amplia sonrisa esculpida en un rostro marmóreo.

martes, 18 de octubre de 2011

El Padre


Hace una hora que el arrítmico tintineo le mantiene en vela. Ojos fijos en el techo y una especie de escalofrío inexplicable que le recorre la columna vertebral. Imposible dormir. Y sin embargo, es incapaz de mover un solo músculo, un solo tendón. No puede activar uno solo de sus nervios para poner en marcha el complejo milagro corporal de incorporarse de la cama, dar apenas dos pasos y cerrar la ventana para que el viento no siga agitando aquello que suena y suena en su cerebro, ese ruido monocorde, metálico, desagradable.

No es miedo. De eso está seguro. Tampoco es pánico, distinto al miedo, reposado y reflexivo. No es vagueza, holgazanería. No está adormecido. De hecho, mantiene los ojos abiertos como platos. Quizás es esa extraña sensación de notar que el otro lado de la cama está frío, acostumbrado a encontrar cada noche el roce de un cuerpo caliente. Quizás es la habitación de aquel hotel funcional, correcto y limpio, pero tan parecido a un frío ambulatorio. Nunca superó la idea preconcebida que tiene sobre las habitaciones de hotel, está convencido de que son dormitorios de hospital maquillados, como una mujer madura y ridícula que amontona capas de maquillaje para taladrar sus arrugas y lijar su rostro. Aquellos adornos de falsa caoba, las moquetas limpiadas aprisa, las mesas pretenciosamente elegantes, los baños desinfectados y la taza precintada del aseo, siempre esa sensación de engaño, de falsa pretenciosidad hogareña y lujosa, de hospital que no quiere parecerlo. ¿Su hospital privado? No, está en un hotel funcional, desagradable, pero hotel, todavía su estado mental por el insomnio no le ha llevado a la alucinación, a ese estado de duermevela en el que se confunden los sueños con la realidad. Sea miedo, soledad, manía a los hoteles o simple inercia, está seguro de que no está en un hospital. Continúa tumbado, la invisible pieza metálica sigue vibrando, chocando, y su insomnio se alza victorioso sobre su cansancio.

Una extraña nana suena ahora en su cabeza. Es una canción monocorde, como el ruido metálico, pero calurosa, armónica, o de una inarmonía agradable, humana. Es un canturreo aparentemente monótono, soporífero, una adormidera que le cantaba su padre a todos sus hijos para que les cazase el sueño, y que nunca le falló. Siempre bromeaban sobre aquella nana pesada e impenitente, pero cada uno de ellos intentó repetirla con sus propios hijos y fue inútil. Su padre siempre la utilizó y fue una singularidad que moriría con él. Ahora está escuchando esa nana en su cabeza, cree él, pero el sonido es más fuerte que un pensamiento, está en el aíre y llena la habitación, ha acallado el tintineo metálico y le haría dormir si no hubiese sentido, de repente, un tacto frío, una mano grande que encierra la suya y le sujeta como cuando era niño, cuando necesitaba el contacto adulto que le daba seguridad. Pero esta mano es de un frío marmoreo.

Girá su cabeza y ve a su padre, con ese gesto bobo que solía poner cuando canturreaba la pesada nana, esa cara tierna, aparentemente frágil, en realidad divertida, socarrona, y en el fondo protectora. Cesa la nana.

-         ¿Qué te ocurre hijo? ¿Pesadillas? ¿Qué es lo que no te deja dormir? Siempre me ha funcionado el canturreo. Contigo, siempre. Y con tus hermanos. Pero ahora tus preocupaciones son otras, ¿verdad? Tengo que buscar otra nana para esos problemas. Pero nunca la encontraré, ya eres mayor, tus preocupaciones no se arreglan con nanas, ni con besos, ni con caricias. Antes, cuando eras pequeño, te daba mucho de todo eso, caricias, abrazos, besos, me los pedías a cada rato y disfrutaba de cada uno de ellos, eran un bálsamo, para ti y para mi. Y todo eso se acabó, porque creciste y no era sano que siguieras así, con besos, abrazos, caricias, a todas horas, eso es lo que me dijeron y eso es lo que hice. Y me dolió más a ti que a mi. Cuando tenías, no se, quizás 30 años, viniste aquel 25 de diciembre con aquella horrible chaqueta a cuadros... Si no hubiese estado en mi silla de ruedas, me hubiera levantado y te hubiera llenado de besos y abrazos. Me conforme con mirarte largo y tendido, sonriendo, tu creías seguramente que me reía de ti...

Calló durante un minuto, y su hijo no podía dejar de mirarlo. No se atrevía a interrumpirlo, pero tampoco quería que retomase la nana. Quería escucharle hablar como nunca le había escuchado en vida. Pasó otro minuto y ya no supo sostener el silencio.

-         Padre, yo necesito una nana, necesito un beso, un abrazo, una caricia. Yo estoy solo, me he quedado solo en esta vida absurda que llevo, y no se qué hacer, porque me dejaste sin habérmelo explicado todo. Mi hijo me pregunta, y yo no se que contestarle, ni siquiera se cantarle una nana para que se duerma. Yo mismo vivo en una enterna pregunta. Pero eso no es realmente lo peor. Lo que no soporto es el miedo. Estoy aterrado a todas horas: esta misma noche, ayer y lo estaré mañana. Y cuando tu estabas, yo nunca tuve ese miedo. Miró a mi hijo, tan frágil, pequeño, y me bloquea el miedo. Porque tu no estás para decirme qué debo hacer, cómo aconsejarle, cómo protegerle, cómo abrazarle y como cantarle una nana para que se duerma. Y quisiera odiarte por haberme dejado solo, pero no puedo odiarte, ni olvidarte. Si estuvieras aquí me abrazaría a tus piernas como un cachorrillo, a todas horas, para alejar ese maldito miedo de una vez.

Su padre le había soltado la mano hacia tiempo, se había echado hacia atrás y había puesto cierta distancia en la cama. Su gesto no era ya cariñoso.

-         Hijo, con catorce años yo tuve que dejar mi casa, dejar a mis padres y caminar solo. Nunca más volví. No es sano ni normal vivir así. Es como aquel cuento de la mamá canguro, que nunca se atrevió a echar a su cría de la bolsa, y esta le reventó una noche las entrañas y también murió, aplastada. Si estuviera siempre aquí, hijo, diciéndote lo que tienes que hacer, te habría hecho mucho daño. Estarías siempre aterrado.
-         ¿Y acaso no lo estoy?, respondió. Estoy siempre colgado de un vacío al que no le veo el fondo, y un cuento no va a hacer que desaparezca ese miedo.
-         Pues tendrás que aprender a vivir con ese terror, con ese miedo, para que sea tu amigo, tu aliado más fiel, y te proteja ahora que yo no puedo estar siempre aquí.

Y empezó otra vez a tararear, su mano aún fría atrapando la suya, y la nana monocorde, monótona, cansada, interminable. No sabe cuánto permaneció allí, entonando notas sin sentido. Cuando creyó que se había dormido, aún pudo, con los ojos entreabiertos, ver como abandonaba la habitación con pasos ágiles y suaves para no hacer ruido.
Fue la única vez, y la última, que vio a su padre andando sobre sus piernas, y no en la familiar silla de ruedas que había estado presente en toda su niñez. Tampoco volvió nunca más a su cabeza la horrible imagen de su padre con la sonda atravesándole la nariz, luchando por cada gramo de oxígeno, implorando descansar.
Y sí, sigue teniendo miedo, su amigo el miedo.

martes, 13 de septiembre de 2011

La Abuela

La profunda mirada de la catarata. Así observan los ojos de Antonia, suspendidos en un horizonte irreal, viendo sin ser vistos, temibles si no fuera porque están empotrados en un rostro pícaro, pero bondadoso. Con su eterna bata, casi transparente de tanto lavado, azul a mil rayas, fresca y cómoda, olor perenne a colonia barata, en la butaca que ya nadie usa por cierto asco no confesado, Antonia mira una televisión que no ve y que solo oye, y que emite programas que le importan un pimiento, aunque le llenan la soledad de la sala. Siempre sola. Estuvo sola a sus dieciocho años para criar a su hija, y hoy se siente sola aunque le rodeen nietos, biznietos y mujeres de las que nunca recuerda sus nombres, porque en su familia, tras su hija, sólo hubo varones. Antonia está sola con su secreto.

Hoy hay mucho jaleo en la sala. Han venido sus nietos, sus biznietos, que le tiran de la bata reclamándole el aguinaldo; las mujeres de sus nietos, que le besan con apenas escondida repulsión. Y siempre su hija y su yerno, con un ojo puesto en ella y en las conversaciones, cariñosos y atentos, sin poder esconder ese gesto de fastidio cuando la Abuela interviene, siempre para pedir algo, para quejarse del frío pese al bochorno de la sala, para molestar. Antonia lo sabe, y mira al suelo como si lo atravesara con su catarata.

A pesar del bullicio, Antonia tiene hoy un día muy callado, muy borroso como su catarata. No tiene la cabeza en su sitio, ni la memoria, ni el aguante. No soporta las bromas ni los apretujones cariñosos de sus biznietos, le ha gritado antes a su hija y apenas comió fruta antes de volver a su butaca y dejar que su familia comiese a sus anchas, sin tener que soportar su presencia arrugada, ni su aroma a vieja, ni su tembleque al coger el vaso que los mantiene a todos en vilo, ni su tristeza perenne.

Antonia siempre ha estado triste, y así la recuerda su hija. Lo comenta a sus hijos mientras comen. Pero hoy, Antonia, no lo digiere igual. Algo rumia en su cabeza que quiere salir, algo farfulla y, a mitad de frase, calla. Algo le inquieta, como un sapo metido en sus entrañas, que quiere croar con fuerza y escandalizarlos a todos. Y la Abuela está reteniendo a duras penas ese sapo, lo aguanta como puede, viscoso que es, maloliente y repugnante, se lo queda en la barriga, un día más, lo digiere con mal disimulado vómito, y continúa con la mirada perdida mientras las bromas siguen en la mesa.

Uno de sus nietos, el más bromista, está empeñado hoy en que el sapo aparezca por la boca de la Abuela. Le pincha con sus preguntas, le reprocha que nunca les contó nada del abuelo desconocido, ni de cómo se vino a vivir tan lejos desde su tierra, ni de su familia... El sapo lo tiene en la garganta, luchando por salir a la luz, pero Antonia lo retiene a duras penas, lo engulle y lo mastica, otra vez, otro día más, mientras su nieto persiste tenaz como tantas otras veces hasta que, aburrido, la deja tranquila y vuelve a la mesa, con sus chanzas a la Abuela. Su hija, que dejó de preguntarle hace décadas, la mira ensimismada y contrariada, mientras su marido le acaricia el pelo porque intuye su inquietud y sabe que no puede hacer otra cosa que eso, mesarle con lentitud los cabellos.

Cae la tarde y la Abuela se queda sola en la sala, con su secreto, con el run run de la televisión, con el sapo en su estómago aún croando. Está algo iracunda: su hija y su yerno han vuelto a dejarla en el piso, han bajado a la calle. La rabia le sube a las sienes mientras el sapo croa y croa en la oscuridad de la tarde. Ni se levanta para encender la luz, pero tiene sed y no le han dejado un vaso de agua cerca. Como puede, a tientas, va hasta la cocina, el vaso se le escapa de las manos y le hace hace un corte al caer en el fregadero. Se anuda un trapo como puede y regresa a su butaca, con el sapo saltando y saltando.

La puerta de la calle suena dos horas después. Su hija se le acerca a tientas mientras enciende la luz. Mira su cara para ver si está dormida, ve los ojos mirando al infinito y siente como un extraño olor a verdina o a charca:
- “Sientate corazón. Solo quería decirte que no eres mi hija”.

martes, 9 de agosto de 2011

El rayo


Paco es hombre de pocas palabras, mejor sería decir que de ninguna. Las perdió una noche hermosa en la que pronunció las últimas que saldrían de su boca en toda su vida. No recuerda qué es lo que dijo. Le pidieron que lo escribiera. Como no le venía nada a la cabeza, estampó en el papel expresiones increíbles y orondas:  “fue esplendoroso”, “esto es el poder” o “qué grande es la naturaleza”. Como cada vez ponía una distinta, dejaron de preguntarle, y de creerle. Hasta que el escritor oficial del pueblo, Don Bartolomé El Cartero, especialista en cuentos de misterio y leyendas rurales escritas con estilo naturalista y realista (diatriba narrativa interior que quizás es la causante de que nadie entienda sus relatos); en un alarde de concisión, claridad, realismo mágico y fabulación de lo cotidiano para tornarlo en extraordinario y misterioso; en una tarde de café, tertulia pausada, aburrimiento y sopor veraniego;  definitiva y certeramente, acotó que Paco, cuando le cayó el rayo encima, lo que realmente dijo fue “¡coño!”.
 

Y Paco no es que esté muy conforme, pero la realidad manda, y seguro que Don Bartolomé sabe mejor que él mismo qué es lo que dijo aquella noche. Porque cuando Don Bartolomé habla en el café, todos callan y escuchan, menos el médico, que es un renegado y un amargado, y a quién le importa lo que diga.


Paco gritó, según versión oficial y acreditada de Don Bartolomé, ¡coño! en una noche, tal como avanzábamos antes, hermosa, muy hermosa, tanto que desearíamos evitar sinónimos y dejarla sola con este adjetivo, imitando el conciso pero mágico estilo del ilustre cartero. No obstante, sin poder reprimir nuestros excesos literarios, y que Don Bartolomé nos perdone, era una noche callada, detenida en el tiempo, sin aire, sin frío o humedad, con el mar embravecido y redondo, rabioso de espuma con las rocas y benévolo con un cielo tumbado. Porque el aire estaba suspendido y absorto.


Paco bajó primero a los escalones que conducen a la playa, y acabó sentado en la arena, extasiado y ensimismado con el horizonte oscuro, observando cómo, en la lejanía, el mar le daba fogonazo tras fogonazo de una tormenta que, creía él, estaba muy lejana. Era hipnótico esperar a que, por capricho nocturno, se repitiese el siguiente haz de luz, que con el paso de los minutos iba definiéndose en rayos esbeltos y tortuosos, como un mapa montañoso de curvas feroces e imposibles.
 

Y Paco no pensaba, no oía, ni palpaba. Sólo respiraba el aroma cada vez más eléctrico y, extrañamente, relajante; miraba al vacío oscuro y absorbente de la noche interrumpida. Y se dejó engatusar por la tormenta, que lo engulló con un rayo certero, dedicado a él.


Desde entonces, Paco ya no articuló palabra. Sí escribía, pero era incapaz de hacer señas. Tras la noche hermosa, intentó expresarse con gestos, manoteando de forma nerviosa, a impulsos, de una forma tan eléctrica que  los vecinos preferían evitarlo, porque se ponían extremadamente nerviosos al intentar seguir un lenguaje que parecía inspirado por el hipo. Tras la desastrosa experiencia gestual, Paco se acompañaba siempre de su libreta, pero tampoco tuvo éxito con sus escritos. Usaba expresiones tan rotundas y grandiosas, al tiempo que crípticas, que era muy incomodo descifrar su lenguaje. La primera vez que acudió a la panadería tras su fracaso gestual, escribió a la incrédula dependienta “hogaza esbelta cerealista”. Luego, en el café, le dio una enigmática cuartilla al camarero: “grandeza colombiana infusa”.


De forma inevitable, el rayo había cambiado el devenir de Paco, que todos, incluido el gran Don Bartolomé, tildaron de majadero. Observó, en cambio, que el esquivo, aburrido y huraño médico le reservaba atenciones desconocidas en el pueblo. El galeno, poseído por su curiosidad científica, vio en el pescador con la cabeza ida la oportunidad de su vida para abandonar su forzado retiro rural con un soñado artículo académico. Desde entonces, se hizo compañero inseparable de Paco. Iba a despertarle cada mañana muy temprano, y lo sometía a duras pruebas atléticas. Luego, le invitaba siempre a desayunar, modificándole siempre el menú. A media mañana, tocaba la metódica revisión: tensión, electro, muestras de sangre y orina, pruebas de audimetría y reflejos, ejercicios de habilidad psicotécnica, test de Rorschach…


La vida de Paco era, sin paliativos, un infierno. Sus problemas de comunicación se agravaron con la relación incómoda de sus convecinos, que lo evitaban, y había caído en manos de un médico que lo trataba como una cobaya y lo hubiera encerrado sin dudarlo en una jaula por las noches, para observarlo mejor.


Un día, Paco aspiró nuevamente el aire eléctrico de aquella noche que cambió su vida, y percibió el silencio roto por el bramido de las olas. Hubiera acudido sin dudarlo a la playa, pero en su determinación había algo hipnótico y suspendido  en la atmósfera, que lo había cazado a lazo, y caminó como un autómata hacia el puerto, pese a las protestas del médico porque hubiese suspendido un test psicológico. Allí, tomó prestada una barca y se adentró en el mar sin que nadie se lo impidiese, ya que el mar estaba aparentemente apacible. No regresó en toda la madrugada, y a la mañana siguiente se acercó al pueblo una rotunda tormenta que intimidó a todos los vecinos a refugiarse en sus casas durante horas. El médico, muy excitado, logró que se organizase una batida de rescate, pero no hizo falta que se alejasen mucho del puerto. Encontraron la barca con las ropas de Paco, y apenas unos restos de ceniza.


Al regresar a su casa consultorio, el médico contempló como los bomberos daban cuenta del incendio que se había apoderado del edificio, causado por un enorme rayo de entre los que cayó en el pueblo, que también destrozó selectivamente algunas casas y el café.

En la memoria colectiva de la localidad pesquera, aún se conserva  el respeto extremo por las tormentas, y la veneración a una curiosa figura de santón pescador, Francisco el Rayo, al que las beatas rezan afanosamente hasta que se aplacan los truenos, y que la Iglesia se niega a beatificar porque el recuerdo impreso de sus coetáneos es simplemente lo que dijo cuando sobrevivió a la caída del rayo.