martes, 9 de agosto de 2011

El rayo


Paco es hombre de pocas palabras, mejor sería decir que de ninguna. Las perdió una noche hermosa en la que pronunció las últimas que saldrían de su boca en toda su vida. No recuerda qué es lo que dijo. Le pidieron que lo escribiera. Como no le venía nada a la cabeza, estampó en el papel expresiones increíbles y orondas:  “fue esplendoroso”, “esto es el poder” o “qué grande es la naturaleza”. Como cada vez ponía una distinta, dejaron de preguntarle, y de creerle. Hasta que el escritor oficial del pueblo, Don Bartolomé El Cartero, especialista en cuentos de misterio y leyendas rurales escritas con estilo naturalista y realista (diatriba narrativa interior que quizás es la causante de que nadie entienda sus relatos); en un alarde de concisión, claridad, realismo mágico y fabulación de lo cotidiano para tornarlo en extraordinario y misterioso; en una tarde de café, tertulia pausada, aburrimiento y sopor veraniego;  definitiva y certeramente, acotó que Paco, cuando le cayó el rayo encima, lo que realmente dijo fue “¡coño!”.
 

Y Paco no es que esté muy conforme, pero la realidad manda, y seguro que Don Bartolomé sabe mejor que él mismo qué es lo que dijo aquella noche. Porque cuando Don Bartolomé habla en el café, todos callan y escuchan, menos el médico, que es un renegado y un amargado, y a quién le importa lo que diga.


Paco gritó, según versión oficial y acreditada de Don Bartolomé, ¡coño! en una noche, tal como avanzábamos antes, hermosa, muy hermosa, tanto que desearíamos evitar sinónimos y dejarla sola con este adjetivo, imitando el conciso pero mágico estilo del ilustre cartero. No obstante, sin poder reprimir nuestros excesos literarios, y que Don Bartolomé nos perdone, era una noche callada, detenida en el tiempo, sin aire, sin frío o humedad, con el mar embravecido y redondo, rabioso de espuma con las rocas y benévolo con un cielo tumbado. Porque el aire estaba suspendido y absorto.


Paco bajó primero a los escalones que conducen a la playa, y acabó sentado en la arena, extasiado y ensimismado con el horizonte oscuro, observando cómo, en la lejanía, el mar le daba fogonazo tras fogonazo de una tormenta que, creía él, estaba muy lejana. Era hipnótico esperar a que, por capricho nocturno, se repitiese el siguiente haz de luz, que con el paso de los minutos iba definiéndose en rayos esbeltos y tortuosos, como un mapa montañoso de curvas feroces e imposibles.
 

Y Paco no pensaba, no oía, ni palpaba. Sólo respiraba el aroma cada vez más eléctrico y, extrañamente, relajante; miraba al vacío oscuro y absorbente de la noche interrumpida. Y se dejó engatusar por la tormenta, que lo engulló con un rayo certero, dedicado a él.


Desde entonces, Paco ya no articuló palabra. Sí escribía, pero era incapaz de hacer señas. Tras la noche hermosa, intentó expresarse con gestos, manoteando de forma nerviosa, a impulsos, de una forma tan eléctrica que  los vecinos preferían evitarlo, porque se ponían extremadamente nerviosos al intentar seguir un lenguaje que parecía inspirado por el hipo. Tras la desastrosa experiencia gestual, Paco se acompañaba siempre de su libreta, pero tampoco tuvo éxito con sus escritos. Usaba expresiones tan rotundas y grandiosas, al tiempo que crípticas, que era muy incomodo descifrar su lenguaje. La primera vez que acudió a la panadería tras su fracaso gestual, escribió a la incrédula dependienta “hogaza esbelta cerealista”. Luego, en el café, le dio una enigmática cuartilla al camarero: “grandeza colombiana infusa”.


De forma inevitable, el rayo había cambiado el devenir de Paco, que todos, incluido el gran Don Bartolomé, tildaron de majadero. Observó, en cambio, que el esquivo, aburrido y huraño médico le reservaba atenciones desconocidas en el pueblo. El galeno, poseído por su curiosidad científica, vio en el pescador con la cabeza ida la oportunidad de su vida para abandonar su forzado retiro rural con un soñado artículo académico. Desde entonces, se hizo compañero inseparable de Paco. Iba a despertarle cada mañana muy temprano, y lo sometía a duras pruebas atléticas. Luego, le invitaba siempre a desayunar, modificándole siempre el menú. A media mañana, tocaba la metódica revisión: tensión, electro, muestras de sangre y orina, pruebas de audimetría y reflejos, ejercicios de habilidad psicotécnica, test de Rorschach…


La vida de Paco era, sin paliativos, un infierno. Sus problemas de comunicación se agravaron con la relación incómoda de sus convecinos, que lo evitaban, y había caído en manos de un médico que lo trataba como una cobaya y lo hubiera encerrado sin dudarlo en una jaula por las noches, para observarlo mejor.


Un día, Paco aspiró nuevamente el aire eléctrico de aquella noche que cambió su vida, y percibió el silencio roto por el bramido de las olas. Hubiera acudido sin dudarlo a la playa, pero en su determinación había algo hipnótico y suspendido  en la atmósfera, que lo había cazado a lazo, y caminó como un autómata hacia el puerto, pese a las protestas del médico porque hubiese suspendido un test psicológico. Allí, tomó prestada una barca y se adentró en el mar sin que nadie se lo impidiese, ya que el mar estaba aparentemente apacible. No regresó en toda la madrugada, y a la mañana siguiente se acercó al pueblo una rotunda tormenta que intimidó a todos los vecinos a refugiarse en sus casas durante horas. El médico, muy excitado, logró que se organizase una batida de rescate, pero no hizo falta que se alejasen mucho del puerto. Encontraron la barca con las ropas de Paco, y apenas unos restos de ceniza.


Al regresar a su casa consultorio, el médico contempló como los bomberos daban cuenta del incendio que se había apoderado del edificio, causado por un enorme rayo de entre los que cayó en el pueblo, que también destrozó selectivamente algunas casas y el café.

En la memoria colectiva de la localidad pesquera, aún se conserva  el respeto extremo por las tormentas, y la veneración a una curiosa figura de santón pescador, Francisco el Rayo, al que las beatas rezan afanosamente hasta que se aplacan los truenos, y que la Iglesia se niega a beatificar porque el recuerdo impreso de sus coetáneos es simplemente lo que dijo cuando sobrevivió a la caída del rayo.


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