viernes, 11 de marzo de 2016

Garabatos



Horror vacui. No. Nada que ver con el `horrorterror` a la página en blanco. Error. Ahora se dice horror a la pantalla en blanco. ¿Por qué tantas palabras con doble erre? Así es normal que no salga nada. Doble error, doble erre. Si acabo el párrafo con otra palabra con doble erre tiro la cuartilla a la papelera. Error, ahora se dice apago el portátil. Otras dos palabras con doble erre: párrafo, doble erre, error… Ahora quiero que se me ocurra otra con doble erre y no aparece. Otras dos más.

No voy a apagar el portátil. No voy a conseguir nada escribiendo Garabatos de título, por poner algo mientras voy escribiendo el “cuento del siglo”, del menos VIII, tampoco se dice así, se dice antes de Cristo, antes de ¿qué Cristo? Un Cristo puedo liar si sigo así, sin ideas. Es una expresión barriobajera lo de Cristo, doble erre otra vez. Está pasada de moda, expresión propia de “niñato”. Otra palabra viejuna, un término este muy de la calle,  la dicen los cómicos de moda, pero mi hijo no, así que viejuna es una palabra viejuna. Por lo menos no tiene doble erre. Barroco si la tiene, lo mismo que Horror Vacui, “característica del Barroco” decía mi profesor de Arte mientras le tocaba la pierna al desgraciado que sentaba a su lado con el libro abierto. No me gusta el Barroco, no me gusta el horror vacui, no me gusta la doble erre, no me gustaba el profesor de Arte, y sigo llenando el blanco de la pantalla por miedo al vacío.

Garabatos. Título provisional. Ya no escribo a mano, y le pongo al borrador garabatos, muy inspirador. Seguro que tiene veinte mil acepciones más, todas muy, muy curiosas, excepcionales, sorprendentes, eruditas, de esas que usan los petimetres en las copas de sábado por la noche en locales con sillones de mimbre de diseño. Diseño, mimbre, bar de copas. Se unen y procrean un bonito petimetre `peroratando´ sobre las distintas acepciones que tiene la palabra Garabato.

1.Instrumento de hierro cuya punta forma un semicírculo. Sirve para tener colgado algo, o para asirlo o agarrarlo. Sorprendente, evocadora (curiosa, erudita, pero no es excepcional, y no es apropiada para perorar en un bar de copas sentado en un sillón de mimbre de diseño). Imaginemos el palo oxidado, con la punta circular hacia abajo clavada en un cuello femenino. La amante que nunca pudo poseer del todo, la mujer distante que desata las pasiones abyectas. La sutil imbecilidad del corrector ortográfico del ordenador me señala abyectas en rojo. ¿Cuántas veces repetía Dostoyevski en sus novelas abyecto, abyecta? ¿O eran sus traductores? El portátil me está diciendo que soy un apestado, que uso un vocabulario inusual, de petimetre de bar de copas de diseño con sillones de mimbre, de diseño. No pienso dejar de escribir. Un asesino atormentado, enamorado, consumido por una pasión enfermiza, y abyecta, es doblemente asesinado esta noche por la falta de paciencia de un escritor sin ideas y del corredor ortográfico del sistema operativo Windows nosequé.

Sábato no se rindió tan fácil cuando escribió El Túnel. La escritura como un ejercicio de paciencia. El novelista no es un narrador, en un hombre con el coraje suficiente de aguantar meses, años, su obsesión por una historia que le devora por dentro. Vaciarse en centenares de páginas. Acabar hundido en la nada del vómito creativo. Hasta que haya nuevamente que vomitar, y parir.

¿Yo Vomito? Sí, claro. Vulgaridades. Apatía del cincuentón. Calentones del viejo verde. ¿Será por vomitar? Decepciones del fracasado ordinario, demasiado corriente para una novela. Lugares comunes, qué expresión, aterradora, con doble erre. Me devuelve a mi habitual tono gris, a mi lento deambular de nube panzona abandonada. Poética frase. Realmente ya nunca vomito. Los jóvenes, los niños, vomitan sin parar. Se renuevan.

“Agarró un garabato y la mató”. Qué buen arranque. Qué crimen, aunque nadie lo entienda. Se imaginarán una metáfora grandiosa, una figura literaria de envergadura, una imagen surrealista que será comentada en bien pagadas conferencias ante jóvenes muchachas sentadas en primera fila que escuchan embobadas cómo les descubro el enigmático comienzo. O quizás no. A lo mejor mantengo el misterio: la grandeza literaria de las múltiples interpretaciones textuales. Literatura con mayúsculas, y sin dobles erre.


2. Amocrafe. Instrumento que sirve para escardar y limpiar la tierra de malas hierbas, y para trasplantar plantas pequeñas. Google imágenes, buscar “amocrafe”. Ese maldito objeto, tantas veces visto en las estanterías de Leroy Merlín, icono de los hortelanos y jardineros de fin de semana. El clásico utensilio con el que un bróker o un abogado de Manhattan asesinaría a su amante chantajista. Un guión de Hollywood protagonizado por el galán de moda, enlatado para consumo masivo de familias luteranas y judías escandalizadas por la sangre individual de uno de sus iguales, impermeables a la muerte de cientos de miles de negros, amarillos, marrones o violetas, qué más da, atrapados en un ciclón, una guerra de machetes o una pelea de multinacionales que financian guerrillas rivales con niños soldados que saben segar una vida con solo diez años, luego los cascos azules, la indignación mundial por la foto infantil, y la superpotencia salvadora que rescata la Libertad con excavadoras y maquinaria pesada para que esos mismos niños se empleen en minas en las que pueden morir a la misma edad, pero sin disparar a blancos de bata blanca de Médicos Sin Fronteras. Conmovedor párrafo. Ilegible.

3. m. Soguilla pequeña con una estaca corta en cada extremo, para asir con ella el manojo o hacecillo de lino crudo y tenerlo firme a los golpes de mazo con que le quitan la gárgola o simiente. Demasiado rural.

4. m. Rasgo irregular hecho con la pluma, el lápiz, etc.  Demasiado evidente.

5. m. Arado en que el timón se sustituye por dos piezas de madera unidas a la cama, que permiten que haga el tiro una sola caballería. Demasiado equino.

6. m. Garfios de hierro que sujetos al extremo de una cuerda sirven para sacar objetos caídos en un pozo. No.

7. m. Palo de madera dura que forma gancho en un extremo. Duro.

8. m. Palabrota. ¿Cuándo ha empezado el test de Rorschach?.

9. m. Arg. Cada uno de los diversos arbustos ramosos de la familia de las Leguminosas, característicos por sus espinas en forma de garfio. ¿Arbusto asesino?

10. m. coloq. Cuba. Persona jorobada, contrahecha. ”El jorobado de Varadero”.

11. m. coloq. p. us. Aire, garbo y gentileza que tienen algunas mujeres, y les sirve de atractivo aunque no sean hermosas. El garabato asesinó a la mujer con garabato.

12. m. desus. bozal ( para perros). Para cuentistas, diríase.

13. m. pl. Escritura mal trazada. Escribo con un portátil.

14. m. pl. Acciones descompasadas con dedos y manos. Escuchar A night  in Tunisia y acabar con esta pesadilla.



Intentaba atrapar la luz con sus manos. Dibujaba garabatos en el aire con gestos desacompasados, absurdos, para capturar el haz blanco y luminoso que se colaba por la rendija del ventanuco. La cadena al cuello le impedía agarrar aquel palo luminoso,  jugar en la oscuridad con su compañero de tantas mañanas. Despertaba, lo perseguía por la habitación y, cuando se iba, sabía que era la hora del rancho nocturno. Cuando le despertaba cada mañana, iluminándole el ojo, lo recibía con una sonrisa y una caída de baba, la primera de la mañana, y le daba los buenos días con uno de sus gruñidos ininteligibles.  Era feliz con su amigo, el palo de diamante, de oro, morado, gris, marrón… Era mágico: cambiada de color según amaneciese el día, o a lo largo de todo el día. Su palo mágico. Era muy afortunado, pero no podía agarrarlo por aquella maldita cadena al cuello. Su amigo era el único que no le abandonaba.

Ella no siempre estaba ahí. Cada tres o cuatro tardes, aparecía. No era guapa. Tenía un aire garabato que gustaba mucho. Él no era consciente de ese atractivo, pero cada vez que ella sonreía experimentaba un embobamiento pasajero, que se le pasaba en cuanto la cadena le pegaba un fuerte tirón que le ahogaba. Había días mucho mejores aún. Llegaba con una esponja mojada, le acariciaba el cuerpo, y le hacía prometer que no se movería si quería que continuase. Desde que intentó agarrarla para que no se escapase y recibió un golpe en la cabeza del hombre garabato, nadie tuvo que explicarle mucho más. Agarrarla, golpe. Mirarla, caricia. Brillaba como su amigo el palo, pero no era igual. Algo le decía que esa sonrisa, esas caricias, iban unidas a temblores no confesados, a muecas de asco. Por eso quería agarrarla, estrujarla, como al palo, para que no se escapase y fuese su amiga.

Mientras, el jorobado lo observaba desde el rincón, con su palo duro. Le echaba la comida como a una gallina, cada vez más lejos, para reírse de los tirones de la cadena. No sentía ganas de estrujarlo entre sus manos como si fuese su amigo, de apretarlo y saber de qué estaba hecho. Pero si la cadena cediese algún día, no sabía qué haría. Aquel palo duro le hacía mucho daño, no era su amigo. El palo iba unido al garabato, como un bloque sólido. Nunca había visto a uno sin el otro. Había que desmenuzarlo entero, si no seguiría haciendo daño. Y no le dejaba acercarse a ella, para poder agarrarla, ver de qué estaba hecha, y conseguir que se quedase para siempre, como su amigo el palo de luz.

También estaban las hormigas blancas. No eran sus amigas, no siempre venían a verle. Quizás fuesen amigas del palo, porque los días que más brillaba era cuando se las veía suspendidas en el aire. Los días en que su amigo el palo estaba más triste y apagado, nunca acudían. No le hacían daño y podía agarrarlas, sacudirlas, hasta bailar con ellas. Eran amigas del palo, pero no se enfadaba si las tocaba.

Ella vino aquel día con su garabato subido. Sonrisa abierta, caricias, sin temblores. No se dio cuenta de que venía sola. La dejó hacer regándola de baba mientras, la esponja cosquilleaba. No olía a miedo o asco, ni un amagode  temblor. Se movió para pasarle la esponja por la espalda y entonces le cruzó media cara el haz luminoso, imprimiéndole una belleza extraña: su cara dividida en tres partes que caían oblicuas, la central subrayada por la luz que destacaba un trozo de su sonrisa y uno de sus ojos, punteado ahora de un verde brillante. Se olvidó por completo del otro palo, el duro, el que iba unido al jorobado, y la agarró para no dejarla escapar, para ver de qué estaba hecha. No hubo respuesta, no hubo golpe, y siguió desmenuzándola, estrujándola, para que se quedara siempre, para ver de qué estaba hecha aquella sonrisa. En unos segundos todo había acabado. Para él no había hecho más que empezar. La desgranó poco a poco con sus manos rotundas, que convertían en mantequilla lo que antes había sido un caparazón suave y hermoso. No le gustaba lo que encontraba. No entendía por qué se había ido su amiga, si todavía estaba allí, entre sus manos.

No vio venir el golpe. Solo lo sintió. A ese primero siguieron muchos, sin descanso. Venían envueltos en gritos, y apenas divisaba al jorobado. Se limitó a encogerse y protegerse la cara y la cabeza. El garabato intentó apartarle los brazos, pero aquel amasijo de pelos y babas se resistía. El jorobado, desesperado, tiró el palo, hincó las uñas en sus brazos y le rasgó la piel. Siguió con puñetazos de paja, más nerviosos que acerados, enloquecido por la visión del cuerpo descuartizado. Ciego por la ira, no vio la cadena rodeando su cuello. La falta de oxígeno no le dejaba pensar. Lo último que llegó a su cabeza fue un berrido intermitente, bronco, salido de la misma tierra, un canto animal de victoria, venganza y sangre, y casi respiró aliviado al ir perdiendo la conciencia, todo con tal de que se apagase ese sonido que horadaba su cerebro.


Pellizca otro trozo de carne, casi el último del primer muñón. El amasijo de lo que fue ella aún está intacto. Seguirá con el cuando acabe con el otro, más entero y compacto. No comprendía nada. El jorobado olía a barro, excrementos y halitosis; ella olía a jabón y a calor de cocina. Cuando estranguló al jorobado , seguía oliendo prácticamente igual, y ahora emanaba mucho menos hedor que los trozos de ella. Se la comería igualmente. A lo mejor, una vez en su estómago, volvería a escuchar su voz, sus caricias. Comerse al jorobado solo le había producido dolor de tripa. Su amigo el palo está de color morado, se va despidiendo poco a poco. Mañana volverá a estrujarlo con fuerza y le calentará la cara, le dará caricias de sol. Puede que hasta pueda saciar su apetito con esa luz que huele a hierba requemada, a tierra mojada, a frío metálico. Muchos más olores de los que es capaz de recordar. Se lo pedirá a su amigo el palo, y seguro que se lo dará porque no le niega nada, porque siempre está ahí, y no se destroza cuando lo abraza, ni le pega, ni huele mal, ni le reprende, ni se marcha del todo. 

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