miércoles, 12 de marzo de 2014

El náufrago



Recordaba con cierta vaguedad aquel poema infantil de alguien que creía que la Luna era un queso. En su cabeza distinguía a un hombre de barba picuda mirar con fruición aquel redondel perfecto en el agua. Y en el gesto de aquel hombre se mezclaba algo de sorna que el ilustrador no quiso transmitir, y también había cierta hambruna golosa.
Él jamás se comería a su amada, a pesar de que estaba más que harto de la leche de coco.
La descubrió una noche de insomnio. Dormía de día y de noche, cuando le apetecía. Con nadie debía cumplir. Nada urgente debía hacer. Solo vagar y comer lo que pudiera en aquel limitado islote. Así que decidió romper con cualquier regla que trajese del mundo antes de su naufragio, y dormía a ratos, sin saber por cuánto tiempo. Llegó a confundir luz y  penumbra. Deambulaba ocioso por la playa, y la vio resplandeciente y tímida, enseñoreando la línea del horizonte. Se golpeó la cabeza por no haber caído en ella en tantas noches de hastío. Y comenzó el cortejo.
Ahora dormía de día, en un vivac de palmas que le oscurecía la eterna claridad, y reservaba las noches para ella. Le lanzó piropos, se metió en el agua y abrazó su cola, y ella se hinchaba cada noche más, frenética de halagos. Estaba ciertamente engordando, pero eso le hacía cada vez más bella, más oronda y rotunda. Aquella noche la vio tan bella y redonda, tan rubia y rolliza, que no resistió más las reglas del cortejo y le confesó su profundo amor sin resistirse.
Lleno de lujuria, se lanzó al agua y nadó y nadó persiguiéndola toda la noche, hasta que, agotado, se agarró a un bulto flotante que encontró muy a tiempo. La siguiente noche repitió su persecución sin éxito, pero ella seguía esquiva y ya no tan bella. A ratos la veía más flaca, menos lustrosa, pero seguía siendo muy atractiva. Noche tras noche, le alimentaba solo continuar detrás de ella, pese a su delgadez más extrema. Hasta que se convirtió apenas en un hilo de plata. Pensó entonces que su amor le había llenado de tristeza, y jugó a hacerse el huidizo, pero ella seguía cada vez más flaca.








Aquella fatídica noche no la encontró. Esperó y oteó el cielo miles de veces. Había huido. Agotado, se entregó al cansancio, y recordando la primera noche que la descubrió, comenzó a llorar sin freno hasta que ni una sola gota le quedó en su cuerpo.
La siguiente noche, la Luna volvió a aparecer, satisfecha de haberse cobrado a un nuevo amante, e iluminó el reguero diamantino de lágrimas que dejó el náufrago, como si de un trofeo de caza se tratase.

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4 comentarios:

A las 26 de octubre de 2015, 20:14 , Blogger Manuel Malvo ha dicho...

Muy buen escrito, la Luna siempre es fuente de narrativa, de imaginación, de poesía. Muchas gracias por el blog esta genial !

 
A las 7 de diciembre de 2015, 0:11 , Blogger faradio35 ha dicho...

Evocador.

 
A las 11 de marzo de 2016, 13:35 , Blogger Narratuit ha dicho...

Muchas gracias a los dos y perdón por el retraso, hacía tiempo que no pasaba por aquí.

 
A las 11 de marzo de 2016, 13:35 , Blogger Narratuit ha dicho...

Muchas gracias a los dos y perdón por el retraso, hacía tiempo que no pasaba por aquí.

 

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